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febrero 09, 2011
















PASAJES DE INFANCIA (II)


El patio y la vieja casa

Después del primer recuerdo de la leche de cabra, una de las cosas que más añoro es la vieja casa, de techo bien alto y piso de madera, sostenida en altos pilotes de pino duro y grueso y cubierta de tablas de palma. La escalera, de garrotes bien pulidos conducía a la sala espaciosa. La casa era grande, con terraza de visitas, y de aposentos bien holgados. Las espesas cobijas de canas albergaban golondrinas que anidaban y sacaban sus huevos, dejando caer, a veces, los pichones al suelo ¡Qué espectáculo tan maravilloso, ver como la mamá golondrina volaba desde su lecho y llegaba al ras del suelo para recoger a su cría!

El piso era alto y de madera, y en él se sentía la brisa fresca que llegaba del monte. Yo en ocasiones duraba allí horas enteras, debajo de la rústica vivienda, recostado sobre la tierra fría y húmeda, observando quizás a un pequeño lagarto que me miraba; vivía tejiendo allí un mundo nuevo y lleno de fantasías de antaño, donde podía encontrar juguetes y cosas viejas, quizás de cuando mi abuela era joven o de cuando mis tías estaban eran aún muy pequeñas: muñecas viejas con ojos saltados, con sonrisas fijas y extrañas, que a veces me espantaban; pedazos de tela raída por los años; motas, botones grandes y pequeños, centavos y muchas cosas más que enternecían y hacían brotar mi imaginación.

El patio era amplio y fresco, lleno de flores blancas y olor a jazmines, cuando era la época; casi siempre regado con tierra amarilla traída de las lomas. En la orilla del patio, altos robles y cedros, con lagartos verdes y lánguidos, y las cigarras que chillaban sin cesar todo el sol de la mañana y en cada atardecer, en los jazmines y en las altas ramas. Mariposas variadas multicolores, florecillas silvestres, colibríes, mariquitas y caballitos del diablo (como le decíamos los niños de la época a las libélulas), Me acuerdo también de aquel árbol de tronco grueso y flores anaranjadas en frente de la casa. Aquel era un árbol muy sufrido, y le llamaban el flamboyán, Digo que era muy sufrido porque casi todo el que pasaba por su lado le dejaba como recuerdo y de manera indiferente un machetazo. Recuerdo que uno de mis tíos una vez hizo una adivinanza, estando muchas personas reunidas en el patio, entre ellas familiares y amigos. Mi tío preguntó que cuál era en ese entonces “el palo de los machetazos”; pero nadie supo responder; se trataba del flamboyán, que estaba silencioso e imponente ante los ojos de todos. A la entrada del monte, también, con amplio follaje de hojas grandes en forma de trébol, estaba la mata de anacahuita, muy bella y esbelta; con grandes piedras de blanco alrededor, con el piso relleno de arena y muchos banquitos hechos de madera. Según cuentan mis tías, ese era el parque, estando yo muy pequeño, donde ellas jugaban a las muñecas todo el día, con sus primas y otras amigas. Todo ese mundo mágico de la época se combinaba para adornar los alrededores del patio y de la vieja casa. !Y cuán hermosos y dorados no serían también aquellos años que antecedieron nuestra infancia, cargados del aromas de los campos! Cómo me hubiera gustado vivir también y recordar aquellos momentos previos de antes de nacer.