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noviembre 24, 2012

PASAJES DE INFANCIA (VII)

En el albergue: Ciudad Gótica

A Andrés y a mí nos aburría mortalmente Ciudad Gótica, aquella ciudad maldita, verde y sombría, de personajes enigmáticos.

El día había estado lluvioso, y llegada la hora del almuerzo, muchos niños, después de almorzar, reposaban tranquilos tomando la siesta en la semioscuridad de sus cuartos; otros, se entretenían en el comedor, silenciosos, viendo seguramente, como era costumbre, la misteriosa serie “Ciudad Gótica”.

Así que lo que imaginábamos Andrés y yo era terrible, quizás porque nuestras mentes de niños aun no podía asimilar lo que se tejía en las sombras misteriosas de aquella ciudad. Después de verla, era como si fuera real, como vivir allí. Una pesadilla, como si el propio albergue se convirtiera en Ciudad Gótica. Por eso, aquel día de rutina, Andrés y yo nos habíamos escapado fuera después de la lluvia, al patio solitario. En tiempos libres solíamos jugar a las bolas, bajo la mata frondosa de guama. Alcanzábamos las ramas y cogíamos las vainas verdes para sacarles y comernos las pulpas, las cuales son bien blancas y tiernas. Aquel día lluvioso quedábamos empapados al soltar las ramas.

Todo ocurrió cuando lanzaba una de las bolas para golpear la otra, resbalé y caí pesadamente ¡Qué matazo! Rodé y me deslicé como una bola de huesos hasta ir a parar en el tronco de la mata de guama, y me arañé en el tobillo izquierdo con un trozo de alambres de púas que sobresalía de una de las raíces. En el instante el dolor no fue grande a pesar de la herida centelleante, que había dejado el hueso a flor de piel, pero fue aumentando a medida que me tomaba con las manos el pie alrededor del tobillo para no dejar fluir tanto la sangre que empezaba a brotar sin cesar. Andrés me miraba en silencio, con ojos de pavor y espanto, impactado por el suceso imprevisto, despiadado y fatal. Mi rostro compungido expresaba el dolor en su máxima expresión, mientras notaba la herida que había llegado hasta el tope rompiéndome toda la piel, con la horrible visión del hueso que se mostraba pálido como el color de las pulpas. Estas volaron de mis manos junto con las bolas, con el impacto relámpago, y quedaron esparcidas por el suelo.

Permanecía tirado al pie del árbol con el horrible tormento. El trabajador que limpiaba las gramas con las manos sudorosas, me alcanzó a ver, retorciéndome, tratando de aguantar el dolor. Acudió de inmediato, y su primer instinto fue clavar de un golpe el machete en la tierra para luego poner un puñado de ésta en mi pie y así intentar parar el flujo de sangre que no cedía. Por instantes sentí perder la visión. Me amarró el tobillo con un pedazo de tela encontrada en el suelo. Y pude sentir el alivio fresco de la tierra húmeda que absorbía la sangre, calmando un poco el dolor.

Durante días, semanas y meses, no podía dormir, no pude jugar ni vivir en paz. Porque la parte de la piel que empezaba a resecar en el tobillo se me pegaba una y otra vez de las medias, y en las noches la herida rozaba con las sábanas ¡Qué terrible sensación! Cuando cerraba mis ojos, sentía que algo oprimía mi cuerpo y me hacía cosquillas. Eso ocurría cada noche, día tras día. Ya tenía el temor de dormir, de caer en las manos de aquel tormento en lugar de los brazos de Morfeo. Me ahogaba en oleadas de horror, y en el albergue casi nadie lo sabía, o más bien casi a nadie le importaba, sólo a mi amigo Andrés, que sufría en silencio, y sabia como yo que Ciudad Gótica tenia la culpa de todo, de aquellas terribles cosas que me ocurrían en el albergue.
PASAJES DE INFANCIA (VI)

En el albergue: Las cometas

Cuando llegaban los fines de semana o se presentaban los días feriados, a los niños del alberge infantil nos regalaban papeles de colores y conos de hilo que utilizábamos para construir y volar las cometas; buscábamos tiras de telas viejas tiradas al abandono; cortábamos ramas verdes o secas de la mata de guama y construíamos con cuidado el esqueleto, convertido pronto en chichigua, que después haríamos volar. Allí cerca, crecía el hermoso y frondoso muñeco, arbusto que producía millares de bolitas rojas y verdes, las cuales tomábamos para exprimirlas y encolar toda la osamenta completa. Pero lo más emocionante de todo, ocurría cuando llegaban los competidores que echaban a volar las mega cometas. Muchos procedían de ciudades distantes y traían con ellos papalotes enormes de varias formas y tamaños. Así que la diversión apenas comenzaba y robaba la atención de niños y mayores: Brillantes y lujosas eran las cometas, con sus extravagantes diseños y colores. Unas semejaban el movimiento fugaz de las verdaderas cometas del cielo; otras, la majestuosa elegancia y gracia del pavo real. Era algo impresionante ver el tamaño descomunal de las chichiguas en tierra, resultaba algo fantástico para los niños porque alcanzaban, a veces, el tamaño o amplitud de una puerta de casa, y por consiguiente debían ser construidas con varas o ramas bien gruesas, y para poder volarlas había que usar lazos tan fuertes como los usados para amarrar a las vacas, de modo que al elevarlas podían ser capaces, por tal fuerza, de llevarse volando a un niño, hasta a un hombre, así que de pronto debían ser agarradas por varios de los competidores, sin importar el equipo al que pertenecieran, para poder elevarlas; luego, ya tomando altura, las amarraban de urgencia al tronco de un árbol. Los niños, perplejos y curiosos ante tal espectáculo impresionante, observábamos como aquel pájaro se iba empequeñeciendo al encumbrarse por los cielos a medida que iban soltando la soga. De modo que allí, con las tardes soleadas y de brisas, los niños jugábamos al intemperie, rodeados de los altos árboles que sollozaban y gemían. Así nos divertíamos hasta el anochecer, observando las extraordinarias y adoradas cometas volar.
PASAJES DE INFANCIA (V)






 En el albergue: Mampalo Barriga de Palo


Entre la edad de seis o siete años, cuando realizaba mis primeros grados de estudio en el internado del Albergue Infantil Santiago Apóstol, vivía quizás una de las experiencias más tristes y amargas de mi vida. Pero son muchas las anécdotas que guardo de aquel lugar, que a pesar de todo hoy añoro y recuerdo con nostalgia.

Dentro de esas vivencias, de aquellos días duros y difíciles de mi estancia en aquel lugar, recuerdo la de un señor que vivía al lado del albergue, y al cual le decían por sobrenombre “Mampalo”, y al que los niños también le apodábamos "Barriga de Palo”, Pues, ”Mampalo, barriga de palo" era un señor bajo, rechoncho y cabezón que tenía su casa y su corral de vacas en la parte trasera del albergue, cerca del campo yermo donde los niños jugábamos a la hora del recreo.

Como cada mañana, después de levantarse, Mampalo se dirigía sin camisa a cuidar y a vigilar a las vacas, así como a darles melaza. En ese momento la algarabía de niños se veía interrumpida. Era un espectáculo impresionante ver a Mampalo cuando llegaba, con la panzona grande y redonda y la cabezota pelada; yo no podía contener la risa, a pesar de ser callado y tranquilo, al ver como aquellos chiquillos inquietos y traviesos le gritaban una y otra vez en voz alta: "Mampalo, barriga de palo", "Mampalo, barriga de palo", mientras el pobre hombre ardía de cólera porque no podía comprender la ingenuidad de los niños. Y más nos moríamos de la risa cuando veíamos que Mampalo se caía y dejaba caer la melaza, o que de pronto se espantaba y se asustaba con el mugir de las vacas. De todo lo que recuerdo del albergue infantil, fue lo único que me hizo reír ya que el resto de la historia en aquel lugar fue motivo de soledad y tristeza para mí.
PASAJES DE INFANCIA (IV)

Juguetes

Yo fui un niño pobre, pero tuve la dicha de estar rodeado de aquel mundo mágico que toda criatura gritona y pequeña anhela tener. Dentro de esas cosas, me había tocado vivir y disfrutar a plenitud esa época del año que todo niño esperaba con ansiedad, con la fantasía de ver llegar por las noches a aquellos señores de barbas largas y blancas, de trajes brillantes y dorados, adornados con coronas y capas azules y rojas y campanitas de cristal. Recuerdo esas noches casi de insomnio, en que mis tías me hacían historias sobre los reyes y me susurraban que esa noche en que debían llegar había que dormir muy profundo porque si acaso llegaban y notaban que yo abría los ojos para verlos, estos desaparecían o se esfumaban como por arte de magia. Así pasaba las noches de aquellos días, imaginando montones de cosas, entre ellas imaginaba ver como venían volando por los aires con sus trineos brillantes y veloces llenos de sacos de juguetes de toda variedad y colores, los cuales traían para complacer a los niños pobres. Pero cada noche, al fin y al cabo, el sueño me vencía, y año tras año, siempre me quedaba con la esperanza de ver y conocer algún día, en alguna navidad, a aquellos señores buenos y amables que brindaban juguetes a todos los niños del mundo, fantasía que luego se esfumaba con los años, y que con el correr del tiempo, hasta hoy día añoramos con nostalgia. Pero no todo estaba perdido, porque, sin embargo, aunque nunca pude ver a los reyes, al día siguiente, el sueño prometido por mi familia se había hecho realidad, juguetes por montones, de todos los colores: trompos, carros, pitos, cornetas, coches y dragones, pelotas macizas e infladas, y mucho más. Me habían dejado debajo de la cama o la almohada todos esos regalos que me hacían feliz. Pero no era así para otros niños pobres como yo, que con tristeza lloraban y luego aceptaban lo que les contaban sus padres: que a los reyes, cuando venían en camino se les había averiado el trineo o que se habían extraviado, o que les habían salido pocos los juguetes porque tuvieron que complacer a demasiados niños pobres y buenos. Y me daba mucha pena ver como otros niños vecinos amanecían sin esos juguetes.

"Navidad que vuelve, tradición del año, unos van alegres, otros van llorando...Dime si me quieres... que me adoras mas, un año que viene y otro que se va..."
PASAJES DE INFANCIA (III)

El monte

Antes de entrar en la espesura del monte se vislumbra a lo lejos el vaivén de las pencas de palmas y el verdor de las hojas del jobobán, que es una de las cosas que yo más anhelo, al estar allí dentro, bajo las sombras. El monte es fresco y espeso, con su manto de sombras lúgubres y amarillentas. A su entrada te encuentras, de pronto, con el tronco grueso y esbelto de la mata de anacahuita, que según cuenta mi abuela la sembró mi padre cuando apenas tenía once años, pero yo creo que su origen se remonta a muchos años atrás, a la época en que nació mi abuelo, porque su tronco, al parecer de casi cien años, es tan ancho como la rueda de un molino.

Ya en el umbral del monte y abriéndome paso entre las ramas y flores silvestres, me acomodo bajo la sombra fresca del jobobán y allí me pasaban muchas horas, bajo el follaje sombrío, fresco y solitario, entre las marañas y ramas verdes. Yo amaba aquella soledad, acompañado tan sólo por el susurro suave del viento que gemía entre las pencas altas de palmas, que emanaban suspiros y alientos, interrumpidos quizás por el crujido de una rama seca o el canto triste y lejano de una tórtola ¡Qué dulce y alegre soledad, bajo la sombra fresca y tupida del monte, bajo aquella calma triste y sombría! Yo me olvidaba del tiempo, que acariciaba por instantes mi sombra furtiva y pequeña. Esa soledad de mil colores, con el verde claro y espeso, calma sombría y solitaria, sombras oscuras, color carmesí del caimitillo y el azul del cielo que se cuela por entre las pencas de palma. Ya daban casi las doce, y por desgracia, de repente se rompía aquel hechizo, cuando escuchaba una voz que me llamaba:”!
PASAJES DE INFANCIA (I)
 
La leche de cabra
 
 
 
 
 
 
 
 
 


La primera y más clara visión que guardo de cuando era niño, es el recuerdo al amanecer de la cabra que berreaba amarrada de una pata a uno de los pilotes más gruesos de pino que sostenían el rancho, al lado de la vieja casa. Recuerdo cuando mi abuela decía bien tempranito llamando a la cabra: “Chiva, meee", de forma que ésta estuviera lista para el ordeño. Quizás tendría yo un año o menos cuando viví aquel pasaje de mi infancia. ¿Qué es lo primero y más lejano que recordamos de cuando éramos niños? Todos tenemos más o menos una visión borrosa de aquel primer momento; pero sin mentirles, ese había sido y será siempre para mí el primer y más lejano recuerdo que guardo en mi memoria cuando me pongo a pensar desde cuándo he existido.

Mi abuela, llevaba siempre una lata o malma vacía al rancho para hacer el ordeño. El rancho era grande, de canas, de suelo de tierra dura y seca, compactada por los años. En una esquina permanecía el torno, con la rueda de hierro en forma de timón, el cual se usaba para tensar o reparar bastidores de cama. Detrás del rancho, el monte verde y espeso, del cual he guardado también muchos recuerdos.

Mi abuela caminaba en sandalias, moviéndose de un lugar a otro por toda la casa en sus quehaceres domésticos, bailoteando con su falda gris, y yo me quedaba mirándola, con mis grandes ojos negros y mi pelo rizo enmarañado. En tanto, la chiva se remeneaba nerviosa en el rancho. “Chiva, meee”, volvía a decir mi abuela, esta vez en forma de chanza, para que yo la escuchara, porque sabía que la leche era para mí. Luego se oía el sonar de la leche caer en la malma. Con esa leche me alimentó mi abuela y quizás por esa razón hoy me siento más saludable. Recuerdo aquella vez, ya siendo muchacho de unos ocho o nueve años, que tuve que ir al médico con mi abuela, porque tenía sarampión y me había subido la fiebre. El médico me examinó, pero al hacerme los análisis se había quedado sorprendido porque no se explicaba cómo yo estando tan aquejado y con fiebre podía tener la sangre tan limpia y libre de daños. Entonces, mi abuela, muy confiada, le explicó al médico que era que yo tomaba todos los días por la mañana la leche de cabra.